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  año 11 | número 128 | Enero 2008 Inicio       Contáctanos  
 
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Reflexionar sobre el amor es aún más difícil que experimentar ese sentimiento. Ortiz Quezada intentó un libro desproporcionado sobre este tema y produjo apenas un amorfo rompecabezas con algunas pinceladas sobre la fisiología del sexo masculino
Roberto Blancarte

 

Contra Ratzinger
Anónimo
Traducción de María Pons Irazazábal,
México, Grijalbo, 2007, 180 p.
ISBN 978-970-780-910-9

 

Jesús de Nazareth. Desde el bautismo hasta la transfiguración
Joseph Ratzinger. Benedicto XVI
Traducción de Carmen Bas Álvarez,
México, Planeta, 2007, 447 p.
ISBN 978-970-37-0705-8

A diferencia de su predecesor, que era emotivo y lírico, Benedicto XVI aspira a ser un pensador. Su apetito teológico lo llevó a escribir un estudio, inusualmente modesto, sobre el mesías, obra que aquí se contrasta con un texto anónimo “contra” el actual papa

Joseph Ratzinger es un papa que no pontifica, aunque cree poseer la verdad. De esa aparente contradicción surgen sus defensores y acusadores; los que lo consideran, por un lado, un teólogo dispuesto a debatir con cualquier filósofo de altos vuelos y, por el otro, los que lo señalan como un engendro del antimodernismo. Benedicto XVI es probablemente las dos cosas a la vez. No hay nada mejor que leer directamente a Ratzinger y a sus detractores para tener una idea de la complejidad del personaje, de su pensamiento y de su obra como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua inquisición) durante un cuarto de siglo, así como sumo pontífice (pontifex maximus), antiguo título del emperador romano que denotaba la capacidad de ser el puente, de unir el cielo y la tierra.
El papa es un teólogo fundamentalista disfrazado de filósofo moderado. Es la conclusión que podría desprenderse de la lectura del libro Contra Ratzinger, escrito por un autor anónimo, rindiendo homenaje, según él, a la olvidada tradición de los libelos del siglo XVII. El libro, para ser entendido en su contexto italiano, quizás debería ser leído al revés, es decir de atrás para adelante. En el capítulo “El fantasma de Braghettone”, el autor narra dos anécdotas. En la primera cuenta cómo en ocasión de un congreso organizado por la Asociación de Jóvenes Empresarios Italianos en 2006, la imagen que servía de fondo a la reunión, el “hombre vitrubiano” de Leonardo da Vinci fue misteriosamente castrado. ¿Mojigatería y signo de los tiempos? El autor cree que Benedicto XVI es un síntoma “de un grave empobrecimiento cultural, de una tristeza epidémica y de la desconfianza cada vez mayor en lo que el hombre es y puede realizar”. Lo cual permitiría explicar por qué la pasividad con que se acogen las conferencias, mensajes y descuidos del papa no se deben a su sabiduría real, sino al hecho de que Ratzinger “ofrece respuestas a miedos concretos”. La segunda anécdota narra las dificultades, en un municipio supuestamente laico y gobernado por el centro izquierda como el de Roma, para hacerle publicidad a la primera edición de este mismo libro. En ese ambiente concreto, de la “mochería” y la milenaria presencia de una iglesia que impone a pesar de todo una moral (aunque sea doble) a la sociedad italiana, pero sobre todo romana, se entiende la furia con la que se escribe.
El autor anónimo se mueve entre la ficción y la profecía ocasionalmente, aunque el centro de su trabajo no es despreciable como contraargumentación filosófica. Descubre varias debilidades del discurso pontificio, sobre todo en lo que concierne a su crítica del racionalismo moderno. Denuncia que Ratzinger pretenda convertir al cristianismo en el auténtico heredero de la filosofía griega, es decir de la civilización occidental, despojando así al pensamiento secular moderno de sus raíces y especificidad. Para el autor, ésa es la manera como Ratzinger “se cuela en la brecha abierta por el pensamiento débil y consigue, en medio del silencio general, ocupar la necesidad de un pensamiento fuerte que tiende siempre a reagudizarse en tiempos de miedo”. De allí el recurso a la autoridad como tabla salvadora. Por eso —dice el autor— el famoso y criticado discurso de Ratisbona del papa Benedicto XVI no debe confundirnos: el verdadero adversario de Ratzinger es la cultura laica y materialista. En realidad aquél admiraría la joven energía viril mujahedín y ha estado cerca de proponer algo parecido a una santa alianza. Argumento que no es nuevo y que incluso se verificó en tiempos de Juan Pablo II y la conferencia de Pekín sobre la mujer.
Para el autor anónimo Ratzinger no es un filósofo, sino acaso un historiador de la filosofía empeñado en repetir “la letanía de los desastres producidos por la modernidad”. Es un muy alemán amor al orden u horror al desorden lo que lleva a Ratzinger a una estrategia de tres movimientos, destinada a combatir la idea de que el hombre puede arreglárselas solo. Ésa sería la razón de los ataques al darwinismo. Pero en todo ello —afirma al autor— se tiene a veces la sensación de que “la extraordinaria firmeza de Joseph Ratzinger a la hora de reivindicar la necesidad de la fe cristiana nace de la constatación de una derrota definitiva”.
La rabia probablemente certera del autor anónimo contrasta, sin embargo, con la aparente humildad filosófica de un papa que se atreve a escribir un libro sobre Jesucristo —es decir, sobre su dios—, pero señala desde el inicio que lo allí dicho no forma parte de sus enseñanzas oficiales, sino que está sujeto a todo tipo de crítica: “este libro no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal ‘del rostro del señor’. Por eso cualquiera es libre de contradecirme”. O sea que, por lo menos en este libro, titulado simple pero precisamente, Jesús de Nazareth, el papa no pretende imponer su verdad, aunque así lo crea, sino una interpretación que es una simple explicación de su manera de concebir el cristianismo y la especificidad del mensaje salvador de Jesús.
La aproximación metodológica es explicada por el papa en su prólogo y se apoya en los escritos del exégeta católico de habla alemana, Rudolf Schnackenburg, quien planteaba básicamente que “mediante los esfuerzos de la investigación con métodos histórico-críticos no se logra, o se logra de modo insuficiente, una visión fiable de la figura histórica de Jesús de Nazareth”. En otras palabras, el método histórico es tan necesario como insuficiente, porque “sin su enraizamiento en dios, la persona de Jesús resulta vaga, irreal e inexplicable”. Ratzinger está de acuerdo con Schnackenburg, pero quiere ir más allá. Se pronuncia por una exégesis canónica, es decir una lectura de los diversos textos de la Biblia como un todo indivisible, que no se opone al método histórico-crítico, “sino que lo desarrolla de un modo orgánico y lo convierte en verdadera teología”. En otras palabras, para Ratzinger la especificidad y novedad del cristianismo sólo se pueden entender “a partir del misterio de dios” y que la figura de Jesús haya hecho saltar todas las categorías disponibles. Explicación asombrosa o salto mortal, fácilmente criticable. No importa mucho. Lo central es que esta posición metodológica nos aclara muy bien por qué Ratzinger piensa como piensa y discurre como lo hace, en este muy interesante libro. Si uno cree realmente que dios envío a su hijo a la Tierra, todas las categorías históricas son buenas, pero en última instancia salen sobrando.

Roberto Blancarte es profesor-investigador y director del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México



 
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Comentarios
 04 May 2010, 20:58
Es importante saber que hoy en nuestros dias hay muchos enemigos de la verdad y que pretenden terminar con ella, empezando por quienes la defienden a capa y espada. Estos enemigos de la verdad son un tipo especial de personas que pretenden salvaguardar la vida proponiendonos un tipo de verdad que a mi forma de pensar solo esta revestida de un ropaje hermoso pero que en el fondo solo responde a intereses muy particulares


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