Somos beneficiarios de los grandes avances médicos impulsados por la concepción mecanicista del cuerpo —es decir, su reducción a un dispositivo mecánico sujeto a las leyes de la física y la química— y somos también víctimas de sus excesos. Uno de los más notorios entre estos últimos es la creciente medicalización de la vida. Hay una angustia por la química sanguínea, una obsesión de pastillas, un temor al cuerpo. La felicidad es cada vez más un colesterol bajo y una tomografía negativa, un ansiolítico en el buró y un antiácido después de cada comida, un antígeno prostático escaso y un electrocardiograma limpio como un silbido. Estadísticas hasta la saciedad, reconvenciones a cada paso y unos cuantos demonios sanitarios: la obesidad, la depresión, el tabaquismo.
Si no hay apenas un rincón de la vida moderna que no esté tocado de una u otra manera por la pertinaz medicalización —el nacimiento y la muerte, el envejecimiento, los deportes, el entretenimiento, la sobremesa— sin duda una de las esferas más asediadas es el amor, el amor de pareja. En otros tiempos campo de sacerdotes y celestinas, el amor, remitido a su sustrato más básico, el instinto reproductivo, es hoy cada vez más una cuestión médica. A fuerza de estudios detallados, drogas estupendas y un bombardeo mediático sin límites, la sexualidad ha alcanzado en nuestros días el prestigio más alto en la trama de elementos históricos, culturales, religiosos, espirituales, psíquicos y fisiológicos que conforman, aun en el concepto más simple, el sentimiento de amor.
Es en esta discusión que quiere incidir Amor y desamor, del doctor Federico Ortiz Quezada, un texto de muchas páginas que en definitiva aporta muy poco.
El libro tiene aspiraciones de tratado. “Es necesario aclarar, precisar, categorizar, catalogar y definir para no confundirnos; hacer una taxonomía, análisis y retrato de este sentimiento”, adelanta el autor al inicio. Pero la pretensión nunca se cumple. Hacia el final, tras fatigar la barbaridad de páginas que forman el volumen —dos partes que son como dos libros separados, la primera sobre el amor, la segunda sobre el desamor; 515 notas; un exordio, un interludio y un epílogo; un glosario y una bibliografía de 188 libros, 98 artículos especializados y 36 artículos de divulgación—, el lector acude a una confesión involuntaria del fracaso: “Así que ahora —se lee en la página 505—, después de este largo periplo, es posible emitir una definición del amor como proceso mental que anhela el crecimiento humano de la pareja.” ¿Todo el largo periplo, larguísimo, para “emitir” esto? ¿Un proceso mental que anhela? ¿El crecimiento humano de la pareja, en contraposición, será, a su crecimiento inhumano?
El problema central es que el autor nunca termina de comprometerse con una idea del amor. Cuando parece que finalmente, tras largos circunloquios y numerosas repeticiones, se va acercando a su tema, una y otra vez evita la colisión con lo mismo: “es algo muy complejo”, “tan complejo como la vida humana”, y “lo humano —una de las palabras favoritas del doctor— es mucho más complejo que eso [lo biológico del animal] y su conocimiento nos remite a la historia de la humanidad”.
De las diversas indecisiones, la más grave para sus propósitos es la que le impide al doctor Ortiz Quezada tomar partido en esa disputa de viejo cuño entre vitalismo y mecanicismo. Si la primera de estas escuelas, que postulaba la existencia de un “principio vital” por encima del sustrato fisicoquímico de la vida, fue dada por muerta hace ya casi dos siglos, habría argumentos para saludar una revisión moderna de sus postulados o hasta un renacimiento, incluso como antídoto a los ya comentados excesos de la segunda. Y sin duda el amor sería uno de los temas más propicios para intentarlo. Aunque con frecuencia el doctor parece sugerir un algo que se escapa de la biología para explicar el amor “humano”, nunca se decide a propiamente explorarlo. La pesada carga mecanicista de su adiestramiento como urólogo se lo impide una y otra vez.
Y entonces no ceja en imponerle al lector el esquema neurobiológico del amor. La sexualidad está en los ganglios basales, el “cerebro reptil” que todos llevamos dentro, el animal que somos, la parte “más antigua”; el erotismo, que implica emociones, está en el sistema límbico, una adquisición evolutiva del mamífero, y el amor está en la corteza prefrontal, lo humano de lo humano. El “principio vital” del amor termina siendo remitido al tejido cerebral, pero sin dar cuenta del brinco. Y habría que puntualizar: si la anatomía comparada ha encontrado similitudes entre el cerebro reptil y una parte del cerebro del hombre, esto no quiere decir, como el lector ingenuo o desinformado podría fácilmente inferir de este libro, que un reptil viva dentro de nuestro cráneo o que nuestro comportamiento sea en parte reptiliano. El de los tres subcerebros es tan sólo un esquema, útil para comprender los caminos evolutivos del sistema nervioso pero de limitado alcance para describir el funcionamiento del cerebro como un todo. Hace tiempo que la neurofisiología superó la noción decimonónica (el cerebro de Broca) que permitía concebir la arquitectura cerebral como un ensamblaje de centros o áreas específicas para cada función. Si la función visual, clásicamente localizada en la corteza occipital, va invadiendo de atrás para adelante el tramado cerebral a medida que mejor se conoce, ¿qué esperar del tema que nos ocupa? La reiterada y tajante distinción entre sexualidad, erotismo y amor es en sí problemática; adjudicar cada una de estas esferas a niveles sucesivos de organización neuronal es algo, si no decididamente tramposo, sí al menos ingenuo.
Otra irritante indecisión del doctor es la que le hace defender aquí y allá lo que llama la “liberación de la sexualidad”, y aquí y allá denunciar, con marcado moralismo, la crisis “axiológica” de nuestra época, donde “repetimos inadvertidamente el comportamiento que tienen los bonobos para aliviar sus tensiones […]. El amor deja de importar pues el sexo ha tomado su lugar. ¿Hacia dónde vamos?” Si Freud, multicitado, es primero encumbrado como uno de los grandes liberadores de la sexualidad, enseguida es denunciado como exagerado e ingenuo y se habla del “equívoco freudiano”.
Al no tener un norte claro, el libro abunda en repeticiones innecesarias, vaguedades y cosas que simplemente no vienen al caso. Un par de ejemplos bastan para ilustrar la excesiva complacencia del autor.
El décimo de los 13 capítulos de la primera parte, “La conciencia y la literatura amorosa”, pretende: “Poner en evidencia algunas de las obras literarias más importantes de cada periodo histórico, que han modificado u orientado la visión del amor”. En poco menos de 50 páginas se mencionan 193 obras y 142 autores, del Mahabharata a Houellebecq, pasando por Oda sobre una urna griega, de Keats, bajo el encabezado “Los novelistas”. ¿Qué se puede decir de cada obra y cada autor, siendo tantos y tan poco el espacio? “Laurence Sterne, escritor con gran inventiva, narra en Viaje sentimental diferentes aventuras amorosas con varias mujeres. Sin embargo, William Blake (1757-1827), precursor del romanticismo, habla sobre el amor místico.” Poner en evidencia consiste aquí en decir nimiedades y enumerar sin ton ni son.
El siguiente capítulo, “Filosofía del amor”, muestra otro rasgo increíble. Como en buena parte de los capítulos, tras un epígrafe que no viene a cuento y una blanda justificación de por qué escribir sobre el tema de que se trata, el doctor Ortiz Quezada nos regala unos párrafos autobiográficos de exaltado lirismo como para mostrar que también en lo personal sabe de amor. Aquí nos informa que Susan era una esforzada profesora de filosofía en la New York University, y nosotros ya sabemos que él se encontraba en aquella ciudad estudiando urología. Nos dice que la conoció en el hospital cuando su padre, el de ella, moría de cáncer de la próstata. “Cuando ella me abrazó frente al cadáver todavía tibio, sentí su cuerpo ardiente.” Ah, que el doctor, tan ético. Terminan, previsiblemente, por compartir la cama. Y vale realmente la pena transcribir el momento: “Junto con la joven filósofa, me dediqué a repasar el pensamiento de los grandes pensadores, acompañado del dios Eros, quien acucioso iluminaba nuestra lectura. De esa manera, tomado de la mano, junto a los labios y los ojos de la bella Susan, aprendí filosofía y viajé por la mente humana a través de las centurias; ella, como sirena; yo, como centauro.” A riesgo del lector adentrarse en una discusión filosófica así anunciada.
Pero si, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se alcanza la página 327, se habrá llegado al comienzo de la segunda parte, “Desamor”. Y dos páginas adelante, en el prólogo, se aclara el propósito del galimatías recién superado. Ahí, como se dice coloquialmente, sale el peine. “El desamor —adelanta el autor— es un tema frecuente en las conversaciones de hombres y mujeres, el cual poco a poco reconocí como central en mi práctica urológica.”
El desamor sigue siendo un galimatías, aunque la parte más sólida del libro es la referente a la disfunción sexual, núcleo de esta segunda parte, y en particular la que se encarga de la disfunción eréctil. Es la especialidad del autor. Aunque a menudo esta sección es más un manual para estudiantes de medicina que un texto para el lector general, se agradece por fin un poco de seriedad en el tratamiento de un tema. Se describen los mecanismos eréctiles y las posibles causas de su disfunción, aunque éstas terminan siendo tan numerosas y “complejas” que su repaso se antoja inútil para el lego.
Al final del “periplo” queda la sensación de que hubiera sido más honesto por parte del doctor Ortiz Quezada limitarse al círculo de su especialidad, escribir un libro mucho más esbelto y titularlo sencillamente La disfunción eréctil. Porque lo único que logra al disfrazar su tema como desamor y rodearlo de cientos de páginas inanes es reforzar acríticamente el proceso de medicalización que agobia en nuestros días al amor, ese sentimiento que cansinamente destaca él mismo como el más alto. “En la unión del amor y el deseo —concluye—, con la potencia del acto enraizado en la materia física y espiritual, se crea un espacio exclusivamente humano donde el hombre, gracias a los nuevos medicamentos, descubre su libertad.”
Es decir: el amor es un pene erecto. Consulte a su médico.
|