Para los profesionales de la redacción editorial es muy probable que la plena identificación entre el trabajo de editar un texto y reescribirlo sea no sólo inexacto, sino erróneo. Ciertamente, la edición de un texto conlleva elaborar nexos discursivos para articular del todo algunas frases, cláusulas, párrafos o apartados, o bien la reformulación de frases o pasajes enteros, esto es, reescribirlos; pero de ahí a considerar, como Jo Billingham, que “la diferencia entre edición y reescritura es puramente lingüística” hay un abismo, pues si un texto es a tal grado deficiente o inadecuado para los fines que persigue o para el perfil del lector al que se dirige, de manera que sea menester reescribirlo, tal labor no es, en rigor, editar, sino redactar —escribir— de modo íntegro lo que otra persona desea transmitir: es éste el caso de las “autobiografías” de personajes famosos cuya historia existe como texto gracias a un periodista o escritor literario, quien figura como “colaborador”, en el mejor de los casos, pues no pocas veces se lo reduce a ser un ghost writer o negro —como se lo denomina en España—. Llama la atención que dicho trabajo es análogo al que efectúan antropólogos y sociólogos, sólo que en este caso ocurre al revés: el anónimo, el “fantasma” en términos autorales, es quien proporciona la sustancia narrativa pero no es capaz de escribirla, o de hacerlo en la forma idónea para su publicación como texto.
No obstante, más allá del reconocimiento formal de quien redacta o reescribe un texto ajeno, es muy conveniente no confundir dichas labores con la de editar, que, grosso modo, radica en efectuar lo necesario para que un texto posea la estructura, información y articulación apropiadas tanto para la exposición del tema y la finalidad del texto, como para el lector al que se dirige; precisión y corrección gramatical y léxica; coherencia y pulcritud argumental y estilística; fluidez e idoneidad discursiva, y confiabilidad en todos los datos, sucesos y grafías referidos. Lo “necesario”, en tal caso, abarca desde la corrección gramatical y de estilo hasta el reubicar, suprimir, elaborar o reformular frases, párrafos, pasajes o capítulos.
Otro aspecto discutible en el libro de Billingham es el considerar que dicho concepto de edición se aplica al trabajo autoral en el proceso de escritura, pues en este último caso las revisiones y modificaciones que un autor realiza sobre su propio texto son consustanciales al proceso mismo de producción textual, hasta lograr la versión que para él sea la final. Si a partir de ésta, otra persona efectúa el quehacer referido, entonces sí se trata de edición, pues un editor efectúa su labor en textos ajenos. Puede aceptarse, sin embargo, que un autor edita su propio texto cuando lleva a cabo tal clase de cambios en una versión ya “concluida” o publicada, la cual respondía a necesidades y lectores distintos de los de la nueva publicación.
Un acierto importante de la autora es que insiste en dos principios fundamentales: ¿a quién se dirige el documento? y ¿qué se busca lograr con él? Organizado en dos partes, el libro aborda, en la primera, aspectos de redacción y estilo, en tanto que la segunda se centra en la edición, tanto en publicaciones impresas como electrónicas. Aunque la obra de Billingham proporciona buenos y suficientes elementos para quien se inicia en la edición y corrección de textos, adolece de confusión de conceptos y repetición de ciertas creencias que a fuerza de reiterarse se han vuelto máximas a seguir. Uno de ellos es la consigna de emplear oraciones cortas, las cuales, si bien son más fáciles de entender que las oraciones compuestas y “largas”, también pueden ocasionar monotonía y desinterés en el lector, como se ha demostrado en estudios de legibilidad lingüística. Algo similar ocurre con la idea de que “los documentos largos y sin títulos son difíciles de leer y comprender”, aserto que, presentado con tal contundencia, soslaya el hecho de que la presencia o ausencia de intertítulos responde a la organización estructural del texto y a las posibilidades de articulación lógica que brinda el tema, a partir de las cuales se elige un determinado desarrollo expositivo.
Más atinado se muestra, al respecto, Daniel Cassa-ny en Afilar el lapicero, donde opta por abordar la importancia y función de los títulos internos tanto para quien escribe como para quien lee un texto. De igual modo, al tratar sobre la extensión de las oraciones, aunque señala que en la prosa especializada “los manuales recomiendan la brevedad” porque los datos se entienden “mejor y más rápido”, reconoce que las frases largas formadas por oraciones compuestas “son útiles para presentar ideas o elementos que están estrechamente relacionados” o “para ganar precisión”. Aun cuando él prefiere, como principio general, la oración corta, matiza y contextualiza el asunto al incluir la opinión al respecto de diversos estudiosos del tema.
En esta obra enfocada a los profesionales de la redacción, Cassany ofrece un trabajo complementario a La cocina de la escritura, publicada en 1995 (1993 en catalán) y dirigida a quienes se inician en “la técnica de la escritura”. Ahora, en la segunda parte recién aparecida, el lingüista barcelonés brinda, en los primeros capítulos, los procedimientos para identificar y categorizar a los lectores, a fin de que el contenido y la expresión de un texto sean los idóneos para sus destinatarios. Además de explicar las partes estructurales (presentación, introducción, cuerpo y cierre) de un informe técnico y un artículo de investigación, indica los criterios básicos para elaborar notas, anexos, tablas e índices.
Con los sencillos títulos de “Prosa” y “Más prosa” el autor señala los rasgos esenciales de los textos técnico-científicos, así como aspectos de sintaxis y estilo que constituyen dificultades o deficiencias recurrentes en tal clase de comunicación profesional. Otro tipo de texto tratado por Cassany es lo que denomina instrucciones: recetas de cocina, reglamentos de tránsito, bases de concursos, manuales de uso de artefactos, reglamentos, contratos, etcétera. En este caso, como ocurre a lo largo del libro, se busca exponer las características y objetivos de tales documentos, advirtiendo sobre los errores comunes y planteando criterios y recomendaciones para evitarlos.
Una estructura análoga hay en el último capítulo, sobre la correspondencia en el ámbito empresarial. Sin detenerse en “las obviedades corrientes sobre la estructura o la presentación”, se abordan la estrategia comunicativa, el estilo, el tono y la retórica que hacen posible la eficacia de esos documentos. Al igual que en el resto de la obra, el autor brinda ejemplos que ilustran lo indeseable, junto a las correspondientes reformulaciones en que ello se ha subsanado; pero esto no sólo es un probado recurso didáctico, sino también una motivación intencional para “descubrir el razonamiento y los criterios que hay detrás del discurso”, para reflexionar sobre los múltiples aspectos que convergen en la elaboración y entrega de un texto, desde lo gramatical, discursivo y textual, hasta su presentación física. Es por ello que Afilar el lapicero no sólo es una útil Guía de redacción para profesionales, sino también para correctores y editores, sobre todo para aquellos que laboran en publicaciones técnicas, científicas o universitarias.
Más abarcador y ambicioso es el equipo de profesores y lingüistas coordinado por Jesús Sánchez Lobato en Saber escribir, obra en cuya introducción se afirma que “no es un manual de estilo; tampoco de corrección gramatical, ni de corrección idiomática, ni un diccionario de dudas; no es ni siquiera un manual de creación literaria, aunque enseñe técnicas y recursos de escritura que aparecen en los textos literarios. Es todo lo anterior y más. Es otro concepto de manual”.
Si consideramos que la decimosexta edición (2002) del Libro de estilo del diario El País tiene 674 páginas y que la decimocuarta (1993) del Manual of Style de la Universidad de Chicago consta de 922 páginas, y que el formato de ambos es casi igual al de Saber escribir, es obvio que las 514 páginas de éste apenas alcanzarían para un verdadero manual de estilo y, quizás, un breve diccionario de dudas, por lo que afirmar que “es todo lo anterior y más” mueve de inmediato a formularse dos preguntas: ¿se trata de una mera exageración con fines promocionales? o ¿desconocen los autores lo que es un manual de estilo y un diccionario de dudas? La respuesta afirmativa a la primera es la más probable, pero de ser así conviene recordar que, aun cuando la ponderación desmedida es una práctica corriente en marketing, es contraproducente crear falsas expectativas sobre un producto porque tarde o temprano el comprador se sentirá decepcionado —si no engañado— y, en lo sucesivo, verá con desconfianza las mercancías de la empresa. En este caso, tratándose de un libro con el sello Aguilar y el Instituto Cervantes como aval, resulta más lamentable porque puede desorientar al lector no avezado en el tema.
No obstante lo anterior, el contenido y la estructura de la obra son coherentes y suficientes para comprender la lengua, y se explican aspectos relevantes: la norma (lo “correcto”), sexismo lingüístico, préstamos léxicos, extranjerismos y variantes dialectales, entre otros. Al abordar la lengua tanto en su realización oral como escrita, el enfoque parece coincidir con las últimas investigaciones de la lingüística, pues se habla de una y otra como dos modalidades de la lengua, y no —como ocurría tiempo atrás— de que una, la escritura, es un intento más o menos limitado de reflejar la oralidad. Por ello resulta extraño que en la sección dedicada a los signos de puntuación se afirme que “la escritura es un medio sustitutivo de la lengua oral”, lo que evidencia un desconocimiento de las investigaciones que al respecto se han efectuado en los últimos cinco lustros (entre ellos, son fundamentales los trabajos de la francesa Nina Catach y de la española Carolina Figueras).
Si bien el identificar los signos de puntuación con las pausas del habla se remonta a la antigüedad grecolatina, cuando la escritura seguía en desarrollo y buscaba reflejar la oralidad, ello ha cambiado desde hace varios siglos: en la medida en que se ha elevado la competencia lectoescritora de las comunidades lingüísticas, ha aumentado la necesidad de que los textos se presenten de modo analítico, y por eso la puntuación responde a la organización sintáctico-semántica de un texto. Ya desde el siglo XVI algunos ortógrafos fundaban el uso de tales signos en criterios gramaticales y semánticos, por lo cual resulta —al menos— desconcertante que los autores de Saber escribir no se hayan enterado de que, en la actualidad, la puntuación no refleja la “entonación” ni las “pausas” del habla, ni depende, en consecuencia, de la capacidad pulmonar de un hipotético hablante-en-silencio-escribiente.
Contrasta con el referido criterio arcaico el enfoque —muy al día— de la tipología textual, donde se proporciona al lector buenas explicaciones y modelos de las cuatro prosas textuales básicas, a saber, narración, descripción, exposición y argumentación, complementadas con las de diálogo y epístola. Tales capítulos van precedidos por otros dedicados a la ortografía, la corrección idiomática y la redacción. También incluye lo relativo a textos profesionales, administrativos, académicos y de opinión.
Acaso el último capítulo sea el de mayor aportación, pues trata sobre la escritura en las nuevas tecnologías (correo electrónico, chat, blog, páginas web, mensajería SMS). Con una clara conciencia de la naturaleza de los cambios lingüísticos y su ocurrencia en dichos medios, explica y sistematiza sus características, sus códigos y convenciones, en algunos de los cuales, a diferencia de las demás formas de comunicación escrita, sí hay una vuelta a la oralidad, una supeditación o clara referencia a la misma. Concluye el libro con un breve y útil glosario. Aunque se dirige a bachilleres, estudiantes universitarios y profesionales en general, puede ser una provechosa obra de consulta —aunque no siempre confiable— para docentes y profesionales de la edición.
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