Al contrario de lo que indica la evidencia, La Portuguesa de Jordi Soler existe. Esa comunidad mítica que fundaron cinco catalanes exiliados a principios de los años cuarenta, en un lugar que imagino cercano a Córdoba y que reúne los elementos de distintos espacios geográficos de Veracruz, existe en esa realidad paralela, mágica, de la literatura, como Comala, como Macondo.
En La última hora del último día, Soler vuelve a las tierras de su infancia y narra en primera persona las historias que se quedaron en el tintero después de Los rojos de ultramar (México, Alfaguara, 2004). Con un objetivo distinto, La última hora…, recupera algunos hechos autobiográficos y los transforma, los “ordena” para dar coherencia a una historia que “si fuera contada tal como ocurrió, resultaría inverosímil”.
Mientras que en Los rojos de ultramar Soler hace un homenaje a su abuelo y con él a todos los exiliados republicanos “de segunda clase” que sin ser intelectuales o políticos llegaron también a México, en su más reciente novela, la atención se centró en la vida en La Portuguesa.
Algunos de los personajes de Los rojos… vuelven a aparecer aquí, en una continuación de la saga, más cercana a las vivencias del narrador. Este experimento, aún más arriesgado que el anterior, de reunir la ficción con la realidad, fluctúa entre la novísima novela histórica y la Bildungsroman, con personajes nuevos, llenos de fuerza, entre ellos la tía Marianne.
El tema central sigue siendo el exilio. De manera especular con Los rojos…, así como Arcadi al regresar a Barcelona se siente fuera de lugar, en La última hora…, el narrador regresa a su lugar de nacimiento y encuentra que se lo ha tragado la selva. La novela es un intento, precisamente, de recuperar el hogar, la infancia perdida, el paraíso, que lejos de ser un lugar idílico, está plagado de demonios.
La otra idea importante es el mestizaje. Soler sostiene que éste, incluso después de 500 años transcurridos desde la conquista, no implica la convivencia pacífica. Evidencia el profundo racismo y los prejuicios de la sociedad mexicana, sin entrar a la dicotomía limitante del español-indígena, sino planteando que estos prejuicios prevalecen entre mestizos y criollos, entre indígenas y negros, entre españoles y catalanes, e incluso entre los catalanes de primera y de segunda clase, “los que no fueron a los colegios Madrid y Luis Vives”, sino que se criaron en la selva veracruzana.
Una de las mejores maneras de tolerar el dolor es burlarse de él. La solución para narrar la tragedia de aquella comunidad fue la utilización de elementos carnavalescos, anacrónicos y exagerados. Aunque, por otro lado, quien haya vivido en México, particularmente en Veracruz, encontrará perfectamente creíbles, e incluso cotidianos, algunos de los elementos utilizados por Soler en su narración.
La selva (en realidad bosque mesófilo que lo mismo contiene liquidámbares y hayas, plátanos y café) se mete por todas partes y la existencia de chamanes que curan o enferman es tan real como los mosquitos y la interminable lista de alimañas que conviven con los personajes.
Soler narra la vida rural de otro modo, como se ha hecho poco en la literatura mexicana: viéndola no como algo idílico, sino como el escenario de las luchas de poder y de la explotación, trastocando el lugar común: el extranjero que explota al nativo. Acá también el nativo se aprovecha del extranjero en desventaja.
La figura de Marianne —que se enfrenta a su destino con una terrible violencia, contenida a fuerza de fármacos— como metáfora, por un lado de la misma selva incontenible y por otro, de la vida cotidiana disfuncional que llevan los habitantes de la comunidad hablando catalán y bebiendo menjul hasta la inconsciencia para tolerar el exilio, es utilizada en un final apoteósico como figura arquetípica con la misma intención de trastocar el lugar común: “la chingada” no es ya la indígena, sino la criolla, rubia, hermosa, pero incapaz de comprender lo que le ocurre.
Ese paraíso absurdo plagado de alimañas, negros descendientes de africanos vestidos con sus atuendos originales, conjuros mágicos y hasta un elefante, es narrado con los ojos de un niño desde el miedo constante: más que a los golpes de la tía Marianne, a lo desconocido que acecha más allá de los ritos de pasaje, las extravagancias familiares y la exuberancia de la selva.
Soler nos recuerda que en tiempos como éstos, todos somos exiliados, todos somos ese niño asustado que ya nunca estará en casa. Para paliar el miedo, bien puede servir un menjul (adaptación criolla del mint julep: té de zacate limón con hierbabuena, azúcar, ron y hielo) en los portales de Córdoba.
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