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  año 11 | número 128 | Enero 2008 Inicio       Contáctanos  
 
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Jardines en el librero
Alberto Ruy Sánchez
Ilustración: Mónica Huitrón



Hace algunos años viví muy cerca de una pastelería llamada Mil hojas. Un incendio acabó con ella y se convirtió en una inteligente librería de barrio. Con sabroso ingenio conservó el nombre. Como homenaje a su pasado reciente incluía una interesante sección de libros gastronómicos. Víctima de la crisis que arrasó con muchas librerías parisinas en los años setenta, antes de la política salvadora del precio fijo, la librería Mil hojas vivió sólo nueve años. Y como involuntaria premonición de la tienda de plantas en que se convertiría llamándose siempre Mil hojas, ostentaba una sección de libros de jardinería muy heterodoxos. Ahí comenzó mi pasión por los jardines impresos y por las historias que se tejen alrededor de ellos.
Antes que los manuales de jardinería, las novelas jardineras nos ayudan a vivir. Y entre todas la de Goethe: Las afinidades electivas. Un término químico, utilizado también en la tecnología de los injertos vegetales, que en el libro se usa como metáfora de las combinaciones amorosas de parejas naturalmente intercambiables, antecedente de los actuales swingers. En su clásico Conversaciones con Goethe, Johann Peter Eckermann describe detenidamente el jardín del poeta alemán en Weimar, a la sombra inmensa de los árboles que sembró “con sus manos” 40 años antes. Y se asombra de su paradójica apariencia de naturalidad salvaje.
Escrita en 1809, la novela de Goethe es entre otras cosas una defensa del moderno jardín inglés en contra del geométrico jardín francés, símbolo de la anquilosada e hiperregulada sociedad del antiguo régimen. Por eso conviene leer a Goethe a la luz del bello e ingenioso texto de Horace Walpole, Historia del gusto moderno en la jardinería, de 1770, que Pablo Soler Frost tradujera, anotara y prologara certeramente en 1998, en sus indispensables Libros del Umbral.
Basta leer a Walpole, con sus referencias al Paraíso perdido de Milton y a los emperadores chinos, y con su idea de que sólo una sociedad liberal hecha de laberintos implícitos nunca regulados por un rey o un estado puede producir jardines poéticos: paisajes que de verdad parecen naturales, para darse cuenta de la enorme influencia que tuvo sobre Jorge Luis Borges. “El jardín de senderos que se bifurcan”, dentro de su libro Ficciones, de 1941,lo muestra tanto para jardines del espacio como para un jardín múltiple del tiempo.
Hablando de tiempos y libros míticos, tanto la Biblia como el Corán fueron inspiradores de extendidas prácticas jardineras en la historia de las civilizaciones: el “claustro cerrado” como huerta monacal del medioevo es metáfora del paraíso de sabores prohibidos, imaginado y regulado por un dios terriblemente castigador. Por otra parte, el sensualista jardín árabe, con sus cuatro secciones divididas por fuentes que cantan, se inspira en el pasaje del Corán que habla de los cuatro ríos de sabores distintos que cruzan un paraíso diseñado por un dios tan hedonista como guerrero.
En el siglo xiv, el poeta Bin Zamrak escribió una larga composición gozosa cuyo narrador es un jardín y un palacio. Pero sus páginas fueron las paredes del palacio en Granada: la Alhambra. Los frisos cantan: el libro jardinero es la caligrafía ondulante sobre los muros. Los poetas románticos Victor Hugo y Theophile Gautier describieron con tal precisión entusiasta sus visiones de los jardines de la Alhambra (“donde se escuchan sílabas mágicas de noche y la luna, cruzando mil arcos árabes, siembra tréboles blancos en los muros”), que varios jardineros franceses quisieron hacerlos realidad a su manera. Y así, no muy lejos de Granada, Los jardines encantados que compusiera Ferdinand Bac en 1925, y Les colombières, de 1926, publicados en París por Louis Conard Editeur, retomaron para el mundo mediterráneo del siglo xx esa idea de composición romántica hedonista y estuvieron entre las reconocidas influencias en la obra de Luis Barragán. Fueron reeditados en facsimilar por el Colegio de Arquitectos de Jalisco en 1990 y 1991. El director del Jardín Botánico de Granada, José Tito Rojo, cuidó la edición española del clásico francés de Michel Baridón traducido por Juan Calatrava, Los jardines: paisajistas, jardineros, poetas (Madrid, Abada Editores, 2005) que mira con detalle el jardín barroco y el renacentista, además del medieval y el islámico.
Cualquier revisión de libros jardineros no puede dejar de lado al jardín japonés, nieto aventajado del jardín chino. Probablemente el tratado más antiguo de jardinería del mundo es un libro japonés, el Sakuteiki, tal vez del siglo x. Muchos autores, incluyendo a Plinio el viejo, se ocuparon de la jardinería antes, pero nunca de manera monográfica y tan sistemática. No por casualidad, el tratado se llamaba Sobre el arte de parar piedras, que remite a la jardinería como un ritual fundacional y animista, lleno de significados y detalles extremos. Y al jardín como sitio de espiritualidad donde las piedras son indispensables conectores entre los dioses, sus fuerzas misteriosas y poéticas, y los humanos adoradores de todo lo que los rebasa.
Pero el gran teórico actual de la jardinería es sin duda el arquitecto paisajista Gilles Clement,autor de sitios memorables o landmarks como el Parque André Citröen en París y de una vasta obra bibliográfica que incluye tanto las novelas Tomás y el viajero o La última piedra, como tratados ya clásicos: El jardín planetario, Los jardines como libros, Las puertas, El jardín en movimiento, Elogio del terreno baldío y el Manifiesto del paisaje terciario, una defensa del conjunto de espacios desechados por los humanos: diversidad biológica fuera de todo poder. Su obra es una invitación a comprender antes de intervenir, a observar para actuar y a ir con las fuerzas de la naturaleza en vez de moverse contra ellas. Como muchos de los mejores libros jardineros de todos los tiempos trata de mostrarnos que se puede producir sin agotar, cosechar y gozar sin empobrecer ni degradar, en suma, vivir sin destruir.


  • En la línea de la huerta monacal, tenemos muy cerca al convento de Santo Domingo en Oaxaca, donde fray Juan Caballero, pro­vincial de la orden, elaborara entre 1785 y 1788 su catálogo ilustrado de plantas oaxaqueñas, La dendrología natural y botaneología americana o tratado de las hierbas de América.Editado en facsimilar en 1998 por la Biblioteca Burgoa, donde se conserva el original, lleva introducción de María Isabel Grañén y prólogo de Elías Trabulse. La portada luce un muy bello papel fabricado en Oaxaca con una planta endémica, el chichicastle.


  • Como ave fénix jardinera, el inmenso huerto monacal de Santo Domingo se convirtió en el admirable Jardín Etnobotánico de Oaxaca, cuidado y estudiado por Alejandro de Ávila, con la participación de varias sociedades civiles, incluyendo la que dirige Francisco Toledo. De Ávila cuenta un aspecto de esa odisea vegetal y de las relaciones entre las plantas y los humanos, en el ensayoque prologa las sorprendentes fotografías de Cecilia Salcedo, La espina y el fruto (México, Artes de México, 2006), que nos acercan a las formas más enigmáticas y asombrosas de las plantas regionales.



Alberto Ruy Sánchez acaba de publicar La mano del fuego (México, Alfaguara, 2007) y es autor, entre otros libros, de Los jardines secretos de Mogador



 
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